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Antón Costas «El capitalismo es maníaco-depresivo»

«Mas donde crece el peligro, también crece lo salvador». Esta cita del poeta alemán Friedrich Hölderlin resume muy bien el momento que vivimos: la humanidad avanza a empellones y las grandes transformaciones suelen venir después de los mayores desastres. Este el epígrafe que abre ‘Laberintos de prosperidad’, un ensayo coescrito por Antón Costas (Vigo, 1949), catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona y presidente del Consejo Económico y Social de España, que pretende dar con las claves para crear una sociedad más equitativa y que pasan, indefectiblemente, por que las clases medias recuperen el protagonismo.

Usted y el otro autor de la obra, el catedrático Xosé Carlos Arias, han elegido un título dicotómico: «prosperidad» transmite bienestar, tranquilidad, y «laberinto», justo lo contrario.

Son dos sustantivos clave. ¿Por qué prosperidad? Porque una de las tesis que sostienen el libro es la idea de que el intenso resentimiento que vemos en nuestras sociedades democráticas occidentales, el exceso de partidismo político y el retorno del populismo autoritario tiene que ver con la pérdida de prosperidad que han experimentado algunas comunidades territoriales desde finales de los años setenta como consecuencia de los procesos de desindustrialización y de reconversión social asociados a la globalización. Y, ojo, no hablo de una pérdida de prosperidad en todo el país, sino en territorios concretos. A finales del siglo pasado, lo que se les dijo a las personas afectadas por la deslocalización tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido o en España fue que era algo inevitable y que o emigraban a otras ciudades donde había empleo o se resignaban a ser ignoradas.

El empleo, de nuevo, como punto de partida.

Exacto. Perder prosperidad supone perder empleo o resignarse a malos empleos. También significa quedarse sin las condiciones materiales que se habían logrado en los años cincuenta, sesenta y setenta, y que habían dado lugar a la formación de las clases medias. La expectativa de mantener esa condición de clase es lo que se ha ido perdiendo.

El miedo al futuro es algo relativamente nuevo, y no solo por la desindustrialización: cada vez hay más ingredientes que lo alimentan.

Sí, hablamos de grupos sociales que, aun manteniendo hoy niveles de bienestar y de empleo, tienen miedo a que la digitalización o la descarbonización puedan llevarse por delante esa prosperidad. Esa es la mejor, que no la única, explicación para este resentimiento generalizado.

Que lleva a la polarización política.

La política es como nuestra piel, es la piel del sistema, y cuando tiene erupciones o ampollas es porque por debajo, en los tejidos subcutáneos –que es la sociedad– hay algo que está infectado. Si queremos eliminar esas ampollas de la política tendremos que sanar el tejido social subcutáneo. La idea del libro, por tanto, es clara: no hay que recuperar la prosperidad, sino la prosperidad para todos.

¿Y cómo pueden salir esos territorios del laberinto?

Hay cuatro posibles caminos de salida, pero no todos se concilian bien con el futuro. Algunos pueden llevar a sistemas políticos que la historia ya nos ha dicho que pueden ser muy dañinos. Uno de ellos es el «Más de lo mismo»; esto es, la política neoliberal, que ha sido la dominante en las últimas décadas.

Se refiere a la corriente de Milton Friedman que desengancha la economía del Estado y que tanto ha permeabilizado en las sociedades occidentales.

Sí, porque esa corriente fue muy utilizada en escuelas de negocios, en muchos ámbitos de la economía y por los responsables de la política económica.

En el libro señala otros caminos de salida del laberinto más dañinos aún.

Otro es el que yo llamo America first, es decir, prometerle a la sociedad que volverán los empleos que la desindustrialización había eliminado gracias al proteccionismo comercial y a un cierto nacionalismo económico. El riesgo de este camino es que, al final, son soluciones económicas que necesitan un sistema político de rasgo autoritario para mantenerse.

¿Hay alguna salida que no sea perniciosa?

Sí, recuperar la prosperidad a partir de una nueva revolución en la redistribución, una nueva revolución de impuestos y de gasto social que podría pasar por el ingreso mínimo vital. Ahora bien, tampoco creo que sea la solución a la salida del laberinto: si nuestros problemas vienen de la pérdida de empleo y de los malos empleos, la redistribución por sí sola no resuelve nada.

Y eso nos lleva a la cuarta salida…

A la más adecuada –al menos en mi opinión–, que consiste en recuperar la prosperidad a través de la creación de mejores empleos para más personas, y en mayores lugares del país, porque la dimensión territorial es clave.

¿Y a quién le corresponde crear esos empleos?

A las buenas empresas. Por eso tenemos que actuar especialmente en el ámbito de la producción y de la distribución. Es decir, una mejor distribución a partir del excedente de productividad que crea la economía, entre salarios y beneficios de empresas.

Habla en el libro de un concepto singular: la predistribución.

Me refiero a preparar a las nuevas generaciones para un mundo que exige habilidades, cualidades y capacidades diferentes.

Sin embargo, en todo esto, la redistribución sigue jugando un papel importante. No podemos hablar de meritocracia a la hora de acceder a un empleo si los ciudadanos no parten de las mismas condiciones.

Hay que aclarar de qué hablamos cuando hablamos de redistribución: es lo que se hace a través de impuestos y gastos una vez que la actividad económica ha distribuido el excedente o la productividad. La predistribución son las políticas anteriores a entrar en el ámbito de la producción. En España, en la última década, el aumento de la desigualdad y la pobreza ha sido muy importante: la mayoría, el 80%, viene del desempleo y los malos empleos. Por tanto, nuestro objetivo debe ser actuar sobre la producción o la distribución de la productividad que crea la economía. De lo contrario será imposible llevar a cabo una revolución redistributiva de los impuestos similar a la que realizamos en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial.

En su libro insinúa que al capitalismo se le empiezan a ver las costuras por el estancamiento salarial.

La tendencia a la caída del salario real ha sido general en las economías occidentales desarrolladas desde la segunda mitad de los setenta. Dicho esto, el capitalismo fue muy inclusivo en la posguerra, en lo que se llaman los Treinta Gloriosos. Me refiero a las tres décadas que siguen al final de la Segunda Guerra Mundial, en las que se crean las clases medias, lo que tiene mucho que ver con que sea el periodo de mayor desarrollo de la democracia. Y esto se debe a que después de la guerra se hizo un importantísimo contrato social que sostenía que aquellos a quienes les iba bien dentro del sistema capitalista se comprometían a no dejar a nadie atrás.

Ese compromiso lo seguimos viendo actualmente en todos los discursos políticos.

La diferencia es que en aquel momento no era un compromiso retórico: llevó consigo la revolución impositiva, la creación de impuestos muy progresivos en la renta y la riqueza para financiar ese nuevo Estado social donde todos tuviesen educación, sanidad, pensiones… En esos años, los salarios reales fueron al alza, lo que permitió a muchas personas construir una vida de clase media. Eso empezó a romperse a finales de los setenta y primeros de los ochenta.

¿Cuáles son los motivos?

Para empezar, por el poder de mercado creciente de las grandes empresas, que no solo tiene el poder de fijar precios por encima de los precios de competencia, sino también de fijarlos en las contrataciones, en la demanda de trabajadores.

En resumen, el poder de fijar salarios más bajos.

Sí, y hay otro motivo para esta merma de los salarios reales: el deterioro de la capacidad de negociación de los trabajadores, que ha debilitado a sus sindicatos a lo largo de estas últimas décadas.

Con todo lo hablado hasta ahora, ¿podríamos resumir la idea de prosperidad como la capacidad de las familias de construirse una vida de clase media?

Sí, una situación donde tengan la capacidad de tener una casa en propiedad o pagar un alquiler adecuado, tener un coche, un mes de vacaciones, educar a sus hijos y ahorrar. No es la abundancia, sino, simplemente, tener una cierta seguridad en la vida.

Con un paro juvenil del 40%, España parece estar lejos de ese sentimiento de seguridad. ¿Peligra más que nunca la clase media?

Ha habido un proceso de jibarización de la clase media en los últimos años. Si nos centramos en los más jóvenes, el riesgo existe, no solo por el alto desempleo, sino por los salarios medios de quienes trabajan. Pero sobre todo por la secuencia temporal. En mi generación sí veíamos cómo mejoraba nuestra situación a lo largo del tiempo. Hoy, los datos nos dicen que los más jóvenes tardarán más años en lograr lo mismo. Y aquí volvemos a la tesis inicial: la solución pasa por crear más y mejores empleos, y volver a lo que nosotros tuvimos más fácil, como el acceso a una vivienda asequible.

Un mal crónico en nuestro país…

La democracia española nunca ha tenido políticas de vivienda, sino una política fiscal de deducción a la vivienda que facilita el acceso de quienes tienen bases imponibles suficientes. Quienes no las tienen, por no tener un salario o empleo adecuado, no optan a ese incentivo.

Solucionarlo, una vez más, pasaría por aumentar la vivienda pública, algo en lo que estamos a la cola de Europa.

Es fundamental favorecer la emancipación. Prácticamente dos tercios de los jóvenes españoles de entre 18 y 33 años viven en casa de sus padres, una realidad que tiene consecuencias dramáticas a largo plazo. Hablamos de la edad en que las personas tienen que hacerse responsables de sus vidas, de ese periodo prodigioso donde se adquieren las virtudes cardinales de prudencia, justicia, templanza, fortaleza…

Somos una sociedad con dos tercios de la juventud cautiva.

Sí, y eso es muy perjudicial para la innovación de un país: hay datos que muestran que, cuanto antes una sociedad logre la emancipación de sus jóvenes, más innovadora es en todos los aspectos. Como país, a nosotros nos lastra en dinamismo económico, social y político.

Este reto, y otros que menciona en el libro, como las transiciones energética y digital, requieren de un papel fundamental del Estado. Sin embargo, en nuestro país sigue habiendo cierta resistencia al intervencionismo. Esto puede afectar a la percepción de la sociedad, que ve al Estado como un mecanismo para socializar las pérdidas de los desmanes del mercado, como en la crisis de 2008…

Eso está cambiando y se ha visto claro en esta última crisis económica por la pandemia. Todo contrato social incorpora unas reglas de reparto de los costes de las recesiones y unas reglas de reparto de los beneficios del crecimiento. El capitalismo es maníaco-depresivo. Tiene fases de recesión y fases de euforia, por eso es fundamental mantener siempre vigente ese contrato social que permita repartir de forma justa tanto los costes como los beneficios. En la crisis de 2008, el 80% de la factura de los costes recayó sobre los trabajadores y sus familias. Y solo el 20% lo asumieron las empresas y el Estado. En la crisis pandémica, se han invertido esos porcentajes.

¿Y por qué ese cambio?

En España hemos aplicado una regla de distribución de costes diferente: los ERTE. Y a nivel europeo hay un componente claro de aprendizaje. Los responsables de aquellas políticas de austeridad a raíz de la crisis de 2008, aunque no lo han admitido públicamente, tienen claro que no fue la vía correcta. En 2020, la experiencia de la austeridad de 2008 estaba muy cercana. Ahora nos toca aplicar la regla de reparto de expansión.

¿Y eso cómo se hace?

Una de dos: o garantizas el empleo, o tendrás que recurrir a la renta básica universal. Yo soy partidario de la primera opción, porque creo que podemos lograrlo.

Parece que entramos en una fase propicia para eso con los fondos Generation Next. ¿Pueden verse perjudicados por otra crisis inesperada, como es la derivada de la guerra en Ucrania?

Los fondos europeos son herramientas de inversión muy poderosas financiadas, por primera vez, por la emisión de deuda federal europea. El mecanismo de recuperación y resiliencia es una legitimación nueva de las políticas industriales tecnológicas y de desarrollo regional frente a la idea anterior de la globalización. Dicho esto, podría verse afectado por la invasión de Ucrania, pero no lo creo. Es posible que, por el contrario, fortalezca este momento solidario en Europa, en el que se hace comunitaria la deuda de los países y se compensa a los muy endeudados con los que tienen mucho superávit.

Muchos de esos fondos van destinados a los grandes retos de los que hemos hablado, como la transición energética o la creación de empleo juvenil. Sin embargo, da la sensación de que las prioridades están cambiando: Alemania ya ha anunciado que va a aumentar su gasto militar y Europa va detrás. ¿Puede eso afectar a la Agenda 2030?

No va a haber un cambio de mentalidad, pero sí de velocidad respecto a esas transformaciones de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en un escenario donde el gas y el petróleo, presumiblemente, van a tener precios elevados durante mucho tiempo.

Justo antes de la guerra en Ucrania, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ya denunciaba que los firmantes del Acuerdo de París iban tarde en sus compromisos. Una mayor dilación por el conflicto podría ser irreversible.

Puede que acabemos centrando más esfuerzos en la prevención que en la reducción de emisiones. El cambio climático es –en términos kantianos– un imperativo civilizatorio, y ni siquiera una guerra como la de Ucrania –que tendrá más consecuencias geopolíticas que económicas– va a cambiarlo. Al final, el calentamiento planetario es una urgencia global que nos afecta a todos, independientemente de cómo nos organicemos.

Fuente: Ethic

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