Irene Bajo García, directora de la cátedra de responsabilidad social de la Generalitat Valenciana en la Universidad de Alicante

 

1. ¿Cómo ha afectado la pandemia del covid-19 a tu organización? ¿cuáles son los principales retos a los que se enfrenta?
La Cátedra de Responsabilidad Social GV-UA, como tantas otras organizaciones dedicadas a promover y difundir el conocimiento, ha experimentado una primera fase de shock, en la que nos hemos visto obligados a aplazar o modificar todas las actividades presenciales, en incluso la investigación programada. En estos momentos, estamos adaptando nuestro plan de actividades a la nueva realidad, explorando las posibilidades de la tecnología, y tratando de dar respuestas a necesidades inmediatas que resultaban impensables hace tan sólo unos meses.

 

2. ¿Crees que tu sector empresarial, el gobierno y/o la sociedad civil debe realizar alguna acción en especial para paliar los efectos de esta crisis a medio y largo plazo?
Es evidente que una Cátedra dedicada a la gestión responsable y la sostenibilidad debe tratar de centrar sus esfuerzos en ofrecer respuestas y salidas a la crisis que sigan respondiendo a estos valores. Debemos salir de la crisis sanitaria y social derivada de la pandemia sin dejar a nadie atrás, y sin olvidar que la desigualdad y los problemas medioambientales, aunque en un segundo plano ante la emergencia, ya estaban allí antes de la misma, y no deben ignorarse en la salida de la misma. Respecto a gobiernos y sociedad civil, queda de manifiesto la necesidad de apelar a la responsabilidad no sólo individual, sino colectiva, para desarrollar acciones conjuntas, instituciones públicas y entidades privadas, en las que la salud y los derechos sociales pasen a un primer plano.

 

3. ¿Cómo crees que será el escenario posterior a la crisis? ¿Cambiará el tipo de relación con tus empleados, clientes, proveedores, y el resto de grupos de interés?
Lo primero, constatar la dificultad de determinar cuándo nos encontraremos en el escenario posterior a la crisis. Desde un punto de vista sanitario, el grado de incertidumbre es grande, y esa incertidumbre se traslada a toda la actividad humana, productiva y social. Debemos aceptar una nueva realidad que puede ser cambiante, y potenciar las capacidades de adaptación sin perder de vista los objetivos y la misión de cada entidad, pero al mismo tiempo estando abiertos a escenarios de cooperación para la consecución de objetivos comunes. Nuestra entidad actuaba con principios de responsabilidad social en su relación con todos los grupos de interés, y lógicamente así seguirá siendo, con especial atención al diálogo y a la colaboración para desarrollar acciones colectivas que nos permita pensar en un escenario postcrisis sostenible, inclusivo y que no deje a nadie atrás.

 

4. ¿Qué acciones ha llevado a cabo tu organización para ayudar a los más vulnerables en estos momentos?
Nuestra organización, modesta en cuanto a estructuras y recursos humanos y materiales, está integrada en otra más amplia, la Universidad de Alicante, que ha desarrollado, a través de su Vicerrectorado de Responsabilidad Social, inclusión e igualdad un programa de voluntariado de considerable alcance, poniendo el talento de su personal y alumnado al servicio de la sociedad en materias tan relevantes como Biología, Enfermería, Medicina, Psicología, Química o Trabajo Social, entre otras, así como para realizar labores de acompañamiento y asistencia a personas en riesgo o situación de vulnerabilidad y exclusión social. Al mismo tiempo, se procura mantener la actividad docente y de transferencia de conocimiento a través de medios tecnológicos, proporcionado a los alumnos con dificultades las herramientas necesarias para ello, respondiendo al lema no escrito de “ningún alumno atrás”.

 

5. ¿Cómo crees que afecta a la globalización? ¿Cómo crees que afecta a las tecnologías?

Esta pandemia pone aún más de manifiesto la debilidad de una globalización en la que circulan las mercancías y el tráfico mercantil de manera global, pero no lo hacen derechos humanos básicos, como la salud, el trabajo decente o el acceso a servicios básicos; al contrario, es una globalización que consume una enorme cantidad de recursos, generando una supuesta riqueza que se concentra en muy pocas manos. Otra globalización, menos contaminante y consumista, más sostenible social y medioambientalmente, no sólo es posible, sino necesaria. Nuestra salud, nuestro bienestar, no puede conseguirse de manera individual, ni a través de la acumulación (no sólo de cosas, también de experiencias, de likes, de tantas cosas que no necesitamos realmente), sino que todos somos interdependientes, responsables de nuestra felicidad, pero también de la de los demás. Nuestra supervivencia como especie depende de entender que recuperar nuestra capacidad de volver a ser una comunidad, solidaria, consciente de sus actos y respetuosa con su entorno, resulta imprescindible a nivel global. La tecnología puede ayudar a la construcción de esa nueva globalización, o ponerse al servicio de un sistema económico y social basado en la explotación de la naturaleza y las personas; no debemos olvidar que la tecnología es una más de las muchas herramientas que ha creado el ser humano a lo largo de su existencia; en nuestra mano está decidir el uso que hagamos de ella. En cualquier caso, la pandemia ha puesto de manifiesto la existencia de una cierta arrogancia, muy propia de los humanos, respecto a las potencialidades de esa herramienta, cuyas limitaciones en cuanto a su capacidad predictiva y curativa se han puesto trágicamente de manifiesto en esta pandemia. Lo cual no quita para el reconocimiento de su servicio a una humanidad que ha podido seguir en contacto con sus seres queridos, trabajando y creando gracias a la tecnología.

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