Esfuérzate por respetarte y respeta sin exclusiones a los demás, singularmente a los stakeholders de tu organización y a las personas que de ti dependan. Procura estar siempre bien informado y aprende a comunicar.

El pasado diciembre hice una promesa en Diario Responsable, que era definir en diferentes artículos lo que a mi modo de ver supone la Ética para los líderes del Siglo XXI. Ya he hablado de la integridad y ahora voy a hacerlo de otra característica imprescindible: El respeto. La primera y principal obligación del directivo es respetarse a sí mismo. Hemos de proceder con naturalidad, de tal manera -escribe Baltasar Gracián- “que no nos sonrojemos ante nosotros mismos”.

Pero no siempre ocurre así: Hay dos frecuentes manifestaciones de la falta de respeto del dirigente consigo mismo. Me refiero al endiosamiento narcisista y a la dejadez que, en el caso del que manda, se traduce y se concreta en no tomar decisiones, o en hacerlo mal o tarde, a destiempo.

El jefe narciso, por imbécil, tiene generalmente un final poco afortunado, pero el directivo que no toma decisiones es más peligroso si cabe. En el mundo en el que vivimos, empresas e instituciones, acuciadas y acosadas por la competitividad, deben desarrollar sus estrategias y sus planes de actuación con velocidad, criterio y rigor. Y para eso hacen falta estructuras no piramidales, muy coordinadas, perfectamente ensambladas, y dirigentes capaces de dar respuestas contundentes en un breve lapso de tiempo.

Pero, además, por encima de cualquier otra tarea, el jefe debe ser respetuoso con las personas que de él dependen; con todas y con cada una. También con los superiores, teniendo claro que ser cortés y educado no es ser un chupamedias: esa es otra dimensión…

Debemos tratar a los demás como nos gustaría que nos tratasen a nosotros. Ni más ni menos. Y esa exigencia, que no otra cosa es el respeto, integra dos obligaciones:

  • La consideración a las personas/empleados tiene que alcanzar, sobre todo, a su dignidad: el directivo no puede apropiarse de las ideas de su equipo sin citar la procedencia y, en su caso, sin premiar su eventual implantación.
  • El jefe autoritario es, siempre, un mal jefe, un jefecillo. Ser autoritario es abusar del poder, del rango y de la superioridad formal que se ostenta.

Si queremos seguir progresando, las personas tienen que jugar siempre un papel central en las instituciones, y esa es la esencia misma del humanismo. Creo en lo que tal afirmación encierra y, precisamente por eso, resulta apasionante desentrañar el rol (y el misterio) de las personas, y sobre todo de sus dirigentes, en la organización llamada empresa. Hace dos mil años, en sus “Historias y Anales”, Cornelio Tácito afirmó que a todo lo desconocido se le tiene por maravilloso, y añadió que “los hombres son siempre mas propensos a creer lo que no entienden, y las cosas mas oscuras y misteriosas tienen mas atractivo a sus ojos que las claras y fáciles de comprender”.

La reflexión del gran historiador y político latino es, como tantas suyas, certera: por nuestra propia naturaleza, a los seres humanos todo lo insólito, todo lo desconocido, aunque nos atemorice e inquiete en muchas ocasiones, nos merece en tantas otras un credito extraordinario. El misterio se enclaustra casi siempre tras un velo que nos envuelve y nos desasosiega, que aun ocultando formas y difuminando perfiles nos atrae, seguramente porque en el fondo los humanos somos sabedores de que el arcano esta en nosotros mismos. Al fin, lo misterioso esta imbricado hasta el tuétano en la propia esencia del ser humano, y así hemos vivido hombres, mujeres y pueblos enteros desde hace miles de años. En el fondo, dentro de cada uno de nosotros habita un universo de símbolos que traducen el esfuerzo del hombre para descifrar un destino que a veces se le escapa a través de las oscuridades que lo envuelven. Y así fue siempre. La sociedad liquida y posmoderna no nos ha cambiado tanto, y seguimos viviendo cada día, no sin esfuerzo, en un mundo donde, como escribe Bauman, la única certeza que atesoramos es la propia certeza de la incertidumbre.

Nuestra época, como todas las épocas, se retrata y se refleja en las personas que la vivimos y, por tanto, la sufrimos/disfrutamos/padecemos; la ventaja es que en tiempos difíciles la propia dificultad se convierte en algo natural y cotidiano que, en general, debería fortalecernos. Pensando en el común, y en las perennes citas electorales, en estos tiempos de austeridad los primeros en ponerse a la tarea deberían ser los políticos, las administraciones publicas, las instituciones y, naturalmente, las empresas.

Austeridad es, sobre todo, sobriedad, sencillez, ausencia de adornos y trabajo sin alardes, “estilo olivar” (dando frutos sin hacer ostentación de flores), huyendo de falsas promesas y de mentiras, y liquidando estructuras y organismos innecesarios e inoperantes. Pero no es así. Por razones que nunca se entienden, aquí todo el mundo quiere aparentar; muchos dirigentes, equivocadamente y no importa como, luchan/medran por ser siempre los primeros, los mas listos y aparecer en los papeles como protagonistas indiscutibles; corruptos o no, quieren tener su propio y singular chiringuito, copiar lo que sea menester sin recato alguno y aparentar, aparentar, aparentar… Los que presumen de sabios y gurus dicen que es muy importante innovar, algo ciertamente imprescindible, pero sin olvidar que para progresar, y desde la honestidad intelectual, “hay que ponerse en cuestión todos los dias”, como escribió Ortega; o esforzarse por cumplir, según la famosa formula de Kant, con los tres principios del progreso: cultivarse, civilizarse y moralizarse.

Fuente: DiarioResponsable